lunes, 9 de julio de 2012

Se va Román

1.

Roland Barthes fue uno de los grandes pensadores de mediados del siglo XX. En un muy bonito libro que se llama “Del deporte y los hombres” (que también es una película) se propuso reflexionar sobre qué es el deporte, y porqué atrapa tanto a las personas.

En primer lugar, analiza las corridas de toros, que si bien no son exactamente un deporte, tal vez sean el modelo y el límite de todos los deportes: elegancia de la ceremonia, reglas estrictas del combate, fuerza del adversario, ciencia y coraje del hombre.

¿Por qué a los hombres les emociona este espectáculo? ¿Por qué participan tanto? ¿A que viene este combate inútil?

La corrida les dirá a los hombres por qué el hombre es mejor.

Primero, porque el valor del hombre es consciente: su coraje es conciencia de un miedo libremente aceptado, libremente superado.

La segunda superioridad del hombre es su ciencia. El toro no conoce al hombre, pero el hombre sí conoce al toro.

Y hay algo más, el estilo. ¿Qué es el estilo? Es convertir un acto difícil en un gesto lleno de gracia, es introducir un ritmo en la fatalidad. Es ser valiente sin desorden, es dar a lo que es necesario la apariencia de una libertad.

Valor, ciencia y belleza: con esas tres cosas se enfrenta el hombre a la fuerza de la bestia.

Juan Román Riquelme, el torero, ha enfrentado la bestialidad del mundo con esas tres armas, el valor, la ciencia, la belleza.

El valor de enfrentarse a los más encumbrados rivales, de jugar finales, ganarlas, hacer goles en los momentos en que otros no los hacen.

Su ciencia. La pelota no conoce a Riquelme, pero Riquelme sí conoce a la pelota. Vaya si la conoce.

El estilo. ¿Qué es el estilo? Dicen que Mario Yepes, Claude Makelele, algo aprendieron.



* * *



2.

Probablemente no haya un origen de las cosas, al menos es incomprobable. La ciencia, las religiones, se pasan siglos y siglos tratando de buscarle la vuelta, pero no sabemos, no nos consta que haya un origen, aunque los seres humanos necesitamos creer, nos gustan las mitologías.

Y si hay que establecer un origen posible de esta historia, podría uno remontarse al año 1998, cuando un entrenador de fútbol, pelado para más datos, con pinta de científico loco, le pregunta a un joven jugador de fútbol:

- ¿Vos, si podés elegir, de qué querés jugar?
- Y, yo… de enganche.

Ese entrenador era Carlos Bianchi, y ese joven jugador de fútbol era Juan Román Riquelme.

Pero si de mitologías hablamos, Roland Barthes, en el prólogo a otro de sus libros, llamado justamente “Mitologías”, justifica la escritura del libro en el sentimiento de impaciencia ante lo “natural” con que la prensa, el arte, el sentido común, encubren permanentemente una realidad que no por ser la que vivimos deja de ser absolutamente histórica.

O como decía aquel graffiti que se leía en las calles de Buenos Aires en el año 2001: nos mean y la prensa dice que llueve.

Es decir, eso que alguna vez se llamó futbol argentino se está acercando a un triste final, y la prensa sólo nos dice que se va Riquelme.

Seguramente van a seguir apareciendo grandes jugadores, habrá otros mejores, de hecho por ejemplo Messi es superior a todo lo que hayamos visto, con la probable excepción de Diego Maradona.

Pero es el fin de una era, la época en que se jugaba con enganche, que a la pelota se la trataba con cariño y respeto, la desaparición de los ídolos futbolísticos.

Juan Román Riquelme jugó 354 partidos en Boca. No hablemos ya de la excelencia con que jugó la mayoría de ellos, detengámonos simplemente en la cuestión numérica: ¿Cuándo habrá otro jugador del fútbol argentino, por más malo que sea, que se vista 354 veces con la misma camiseta?

* * *


3.

Con la ida de Riquelme, los que hoy merodeamos los 30 años, tenemos la irremediable certeza de que se trata del fin de nuestra infancia, somos conscientes, y nos duele, que aún si se da el milagro de la reconstrucción de algo así como lo que fue el fútbol argentino, ya está, ya no volveremos a tener ídolos deportivos.

En el caso particular de Riquelme, debo confesar que siempre tuve con él una debilidad adicional. Román nació en Junio de 1978. Yo nací en Agosto, dos meses después. Siempre tuve la sensación de que el día que deje el fútbol, algo en mí iba a terminar, porque uno empieza a ser grande y ve a los jugadores de fútbol debutar en primera, hacer goles, retirarse, convertirse en entrenadores, pero con Román es otra cosa, es un par, nació sólo unos meses antes que yo.

Es la infancia que se nos va, uno debe resignarse a aceptar que ya no va a ser jugador de fútbol, habrá que reconstruir los sueños, pero ese sueño primario, eso que le pasa a los niños de este país, esas ganas de jugar en primera, ya no… si Román se empieza a ir retirando es porque el tiempo ha pasado, no queda más alternativa que aceptarlo.

Es que el fútbol, como fenómeno social, por sobre todas las cosas, es un espectáculo para niños, o al menos el niño que conservamos dentro nuestro. Me pregunto si los presidentes de los clubes, los entrenadores, los periodistas deportivos, los mismos jugadores, ¿son acaso conscientes que su público más fiel son los niños?

En mi caso, cuando era pequeño, el fútbol funcionó como un refugio para mi timidez. Siempre tuve problemas con mi pierna izquierda, con la derecha, pero nunca dejaba de soñar con un caño, una gambeta, metía tantos goles en las noches que ni les cuento.

No sólo eso, también pasaba horas y horas jugando a algo que se llamaba “taca-gol”, que eran unas fichas redondas que se disponían sobre el piso y hacían las veces de jugadores de fútbol. Armaba una cancha que ocupaba casi toda la pieza. En ese juego, algunas veces jugaba con algún amigo, pero por lo general jugaba sólo, movía las fichas de los 22 jugadores, era local y visitante a la vez, creaba torneos, armaba las tablas de goleadores, había ascensos, descensos, tenía carpetas con las tablas de posiciones, las formaciones de los equipos, el historial año por año, etc.

En River jugaban el Negro Enrique, Alzamendi, más algún que otro amiguito mio. Pero en Boca estaban Comitas, el Chino Tapia, y con la 7 jugaba Andrés Lewin. Que era el goleador, por supuesto.

En otros países, seguramente los niños tengan sueños más interesantes, pero aquí, en Argentina, en Buenos Aires, muchos niños hemos soñado con el fútbol, hemos decorado las paredes con los posters de Batistuta, del Beto Márcico, del Mono Navarro Montoya.

Por eso nos duele mucho la ida de Román, por que uno no puede dejar de preguntarse quien será el próximo poster. ¿Pablito Mouche? No, que me disculpe Pablito, no es con él la cosa, pero uno tiene la impresión que se viene la era de los desangelados, y por eso también uno lo quiere tanto a Román, es la última resistencia, alguien que siente, sufre, igual que cualquiera de nosotros, sólo que con mayor intensidad.
 

* * *


4.

¿Por qué Riquelme? ¿Por qué Riquelme y no otro?

En el año 2000, cuando todavía Riquelme no había alcanzado la estatura mítica posterior, Roberto Fontanarrosa lo definió así en una preciosura de libro que se llamó “No te vayas campeón – Equipos memorables del fútbol argentino”:

Quizás el último de los pisadores, una característica hoy escasa pero que viene de mucho antes (…) Esa especialidad que hace que el jugador, más que correr con la pelota, camine sobre ella, como algunos perritos amaestrados en los circos. Lo primero que hace Riquelme cuando recibe una pelota es ponerla bajo la suela. Como precaución, para que no se escape, para que se calme, para que se sosiegue. Y así la trae, la amasa para acá, la frena, la saca hacia el otro lado, la muestra, la esconde, mientras que con los brazos y el culo mantiene alejado al marcador, si es que lo tiene a sus espaldas.

Es un infierno quitársela, aunque para el rival la pelota pareciera estar siempre tentadoramente cerca. Pero si Riquelme se quedara sólo en eso, en el escamoteo corto, correría el riesgo de convertir su juego en un malabarismo inútil. Riquelme va mucho más allá. La pide siempre, la busca, recorre el campo horizontalmente de lateral a lateral procurando destaparse y tiene una pegada fantástica. No es tan vertical cuando encara, ni demasiado veloz, pero puede cambiar un partido, asumir la responsabilidad de tener la pelota, y fundamentalmente, sostener la fama de la pisada a la cual tanto han aportado los jugadores argentinos.

Repito parte del último párrafo: puede cambiar un partido, asumir la responsabilidad de tener la pelota. Insólitamente, muchas personas que simplemente miran partidos de fútbol por televisión, son capaces de afirmar, con absoluta liviandad, que Riquelme es “pecho frío”. Como si esas personas que lo afirman realizaran su trabajo frente a 50.000 personas, más otras millones en los televisores.

También hay quienes dicen que es un divo, una persona conflictiva. Si bien uno no lo ha conocido personalmente, y el periodismo deportivo no suele ser una fuente muy confiable, todo parecería indicar que algo de cierto hay, que las habladurías tienen algún basamento en la realidad.

¿Pero cómo no serlo? ¿Cómo no ser un hombre complicado, atormentado, si es alguien que tiene el fútbol entero en la cabeza?

Es complejo, pocas mentes humanas son capaces de tener un conocimiento absoluto sobre algo, cualquiera sea ese “algo” y no ser una mente tormentosa, difícil para la sonrisa.

Así y todo, a Riquelme, como hombre público, no recuerdo que se le hayan escuchado declaraciones fuera de lugar, desubicadas para su lugar en la sociedad.

Los grandes artistas, cómo los locos, incomodan, por algo son artistas.

Abelardo Castillo, escritor argentino, en un libro que se llama “Desconsideraciones”, plantea la cuestión:

¿Qué es, en definitiva, un loco? Un loco es un espíritu subversivo o transgresor. Es alguien que molesta a la sociedad, la inquieta, la perturba. Se comporta de una manera no habitual. Da la impresión de hacer lo que quiere, de hablar cuando quiere, y de decir las cosas exactamente en el momento que las piensa. Pero esto, ¿no suele ser también un artista? Un loco tiene percepciones que van mucho más allá de las percepciones normales y que únicamente se diferencia de estas percepciones en su intensidad (...) es alguien que siente, sufre (...) igual que las personas llamadas cuerdas, sólo que se manifiestan en él con un grado de intensidad tan grande que ya no puede manejarlas. Pero esto es también un artista.

Juan Román Riquelme es un hombre con una intensa percepción de lo que es una pelota, una cancha de fútbol, y en el excelso arte de la pisada, uno de los más ilustres pisadores de los últimos siglos.

* * *

 

5.

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, bajo el seudónimo Honorio Bustos Domecq, en el año 1967 publicaron un cuento que se llamó “Esse est percipi”, donde plantean un posible futuro donde ya no hay “score” ni cuadros ni partidos. Los estadios son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio (…) El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de Junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un sólo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman.

Así como la invención de Internet se le parece bastante a la “Biblioteca de Babel”, parecería ser que una vez más el viejo Borges algo sabía, porque con la ida de Riquelme, los hinchas de Boca tenemos una sensación de vacío, de que en el fútbol argentino se viene la nada, partidos de fútbol in-mirables, donde ya no hay más juego, ni pases de pelota entre compañeros, donde sólo queda la cáscara, el denominado “folklore”, como si se tratara de un envase donde adentro sólo hay aire.

Borges, en otro de sus cuentos, “Funes, el memorioso”, reflexiona sobre un improbable personaje, Ireneo Funes, de memoria absoluta, que no sólo recordaba cada hoja de cada árbol, de cada monte, sino cada una de las veces que las había percibido o imaginado.

El gran problema de Funes, su infelicidad, era su incapacidad para el olvido. Quien esto escribe, algo tendrá que olvidar, porque el mundo sigue andando, y por ahí hasta es positivo que los niños dediquen el tiempo a otros sueños y no se enganchen en un deporte rodeado de tanto negociado, tanta miseria humana.

Pero quédese tranquilo amigo Juan Román, que algo seguiré recordando, esta tristeza se niega al olvido, y por otro lado, la cosa no es sólo con usted, es un problema mucho más profundo, porque como decía Artaud, la batalla, la verdadera batalla, es entre los mantenedores de una humanidad digestiva, y el hombre de voluntad, de voluntad pura que avanza.

domingo, 10 de junio de 2012

Indele


En el año 2010, mi querida madre cumplió 60 años y se decidió a cumplir un viejo sueño postergado: celebrar su Bat Mitzva.

Para los que no saben de qué se trata, el Bat Mitzva es una ceremonia que realizan las mujeres judías al cumplir 12 años, como forma de pasar a la adultez. Es una vieja tradición de nuestro pueblo, originalmente sólo para los varones, que celebran el Bar Mitzva a los 13 años.

Como habitualmente era una tradición de hombres, mi madre no tuvo su celebración a los 12 años, y como en el fondo sigue siendo una niña rebelde, quiso darse el gusto.

La ceremonia consiste básicamente en leer un capítulo (Parashá) de la Torá, que es la primer parte del Antiguo Testamento.

En esa época, yo estaba como los nenes a los 3 años, en la edad de los porqué. Para mi sorpresa, cuando me puse a leer lo que decía la Parashá de la semana, leí sobre un censo que se realizó entre los varones del pueblo judío, en la época posterior a Moisés y el éxodo de Egipto. Ese censo era sólo entre varones, para determinar quienes iban a formar parte del ejército, pero lo que a mi me hacía ruido, en un día en que mi madre estaba realizando algo así como una reivindicación femenina, era que las mujeres no habían sido censadas.

Quise empezar a gritarles a todas las señoras y cantar cual Billy Bond y su Pesada del Rock & Roll... “Salgan al Sol, señoras”. Para mi suerte, al rabino no le gustó demasiado que me ponga a cantar en la sinagoga. Aproveché para investigar un poco más de la Torá y el Talmud, y me encontré con lo siguiente:

- Décimo mandamiento: “No desearás la casa de tu prójimo, la MUJER de tu prójimo, ni nada que le pertenezca”

- Talmud: “ ama a tu esposA como a ti mismo ”

En ningún lado encontré que se diga “no desearás al HOMBRE de tu prójimo ”, ni tampoco “ama a tu esposo como a ti misma ”.

Llegué a la conclusión que se tratan de libros escritos por y para varones, ya que eran quienes estudiaban la Torá, actividad no ejercida por las mujeres, que debían dedicarse al hogar. Aún a pesar de que no puede negarse la presencia femenina en el relato, es desde un lugar de respeto a la mujer como tal, pero en un rol secundario, y siempre desde la visión del varón.

Recién en el siglo XIX comienza a aparecer en el judaísmo, con mayor fuerza, una voz pública femenina. Quizás porque al no estar obligadas al estudio de la Torá, podían estudiar otras cosas.

Es en el siglo XX donde empiezan a aparecer personajes públicos femeninos, mujeres judías premios nobel; Golda Meir, primer ministro y arquitecta importante en la construcción del Estado de Israel; Hannah Arendt, Etc.

Y claro, también Rosa Luxemburgo, quien nos dijo algunas pavaditas como las siguientes:

“ la libertad siempre ha sido, y es, la libertad para aquellos que piensan diferente”

“ Quien no se mueve, no siente las cadenas ”

“ Mi ideal es un orden social, en el que me sea dado, amar a todo el mundo ”

Al leer a Rosa Luxemburgo, de nuevo me dieron ganas de gritar “Salgan al Sol, Señoras”, porque todos sabemos muy bien que los días son siempre más lindos afuera, que encerrados entre cuatro paredes. O mejor, gritarles que no salgan solamente afuera, hagan que el sol se meta por entre la mesa, las sillas, los muebles.

O dicho en forma más elegante por otro varón judio, David Grossman, escritor israelí : Las vivencias, los hechos y las acciones más importantes de los seres humanos, no suceden jamás en palacios presidenciales, castillos o parlamentos, sino en las cocinas, los comedores y los cuartos de los niños.

Apreciando la felicidad de mi madre en su día, o la emoción y las lágrimas de sus amigas, sesentonas como ella, comprendí lo que nunca había dimensionado del todo, que no fueron las palabras de mi madre sino sus miradas, sus abrazos, las que siempre me hicieron sentir que nuestra tradición, nuestro pueblo, no puede ser indiferente en la construcción de ESE LUGAR, donde nos sea dado, amar a todo el mundo.

Es que la UTOPÍA mis amigos, irremediablemente deberá contener un fuerte perfume de mujer, porque la fuerza será inútil, y no habrán ya más censos, porque no habrán más ejércitos.

Fue aquel día en que mi madre quiso ser adulta, cuando terminé de entender lo que siempre había sospechado, que las niñas, mientras juegan, no le ponen límite a sus sueños. Gracias Indele.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Apuntes sobre "El oido del poema"













1. EL JUEGO

Walter Cassara no escribió un libro de ensayos. Tampoco se trata de un crítico literario. Walter Cassara es un poeta que juega con palabras, y como tal intenta responderse la misma pregunta que se hacen todos los poetas: ¿Qué es la poesía?

Pretender una lectura lineal de El oído del poema (Walter Cassara, Editorial Bajo la Luna, 2011) sería reducir el libro a un simple ensayo, una crítica literaria, sería despreciar lo que Walter nos propone, un juego donde la crítica, el ensayo, son también una forma de decir poesía.

Y pretender que un aprendiz de poeta cómo quien esto escribe, tan sólo lea un libro de principio a fin, sería no entender que un poeta es siempre alguien que juega, es el niño que todos conservamos dentro nuestro.

La intención de este texto es rescatar algunas ideas del libro, porque la poesía se construye de palabras, ritmo, sonido, misterio, pero también de ideas, ya que la poesía nunca deja de ser una forma de mirar el mundo, la mirada de hombres que piensan.

Walter comienza el libro reflexionando sobre la relación entre crítica y poesía, para así repetir la misma pregunta que se hace Mario Luzi: “¿La simplicidad y la naturaleza de la poesía eximen al poeta de toda justificación?” ... a lo que Walter responde:

Claro está que la respuesta debería ser un rotundo no, ya que simplicidad y naturalidad son dos virtudes que hoy por hoy nadie conquista sin un arduo ejercicio de depuración emocional en el diván, frente a la página en blanco o en el trato diario con el mundo (...) la función del poeta –si es que todavía le corresponde alguna- debería consistir en ayudarnos a llevar esa carga; hacer que el lenguaje sea, por un instante al menos, no el tiempo condenado o muerto de una clausura formal, sino el de una comunicación efectiva.


2. EL RUSO

Walter tiene una mirada rusa del mundo, es alguien que ha nacido en el siglo XX, en plena guerra fría. Y si bien no me lo imagino cual agente 86 en oficinas de KAOS o KONTROL, sí me lo imagino como cualquier poeta ruso, un poco al costado, escribiendo en esa lengua que ha sido desde siempre escribir contra la censura o la persecución política (...) o como Anna Ajmatova dijo alguna vez, que ningún país se tomaba tan en serio la poesía, ya que uno podía morir por dedicarse a ella.

Walter tiene una mirada rusa del mundo, porque como todo poeta entiende que el ojo con que se elige mirar el mundo es también una elección política. Por eso es capaz de interpretar y comprender la poesía rusa, donde cada uno de sus protagonistas tuvo que ser un vidente, un loco o un sonámbulo. Y por eso rescata a la poesía de Joseph Brodsky como poesía política, en el mejor sentido que puede tener esta noción tan discutida y vapuleada (...) poesía que no necesita recurrir a ninguna de las astucias demagógicas que manipulan los autores “comprometidos” (...) De cualquier manera, tratándose de un escritor ruso, la expresión poesía política suena poco menos que a un insulto o a una broma. (...) El propio Brodsky dijo alguna vez que entre esas dos palabras, salvo por la letra pe inicial, no había nada en común.

Pero si lo que importa es la mirada, ¿por qué el libro se llama “El oído del poema”?. Bueno, como decía el Don Juan de Castaneda, los poetas suelen ser personas que entienden que ver no es un asunto simplemente de los ojos. Walter nos recuerda también a Henri Michaux, para quien “lo fantástico es todo aquello que existe y es absolutamente natural, pero... que no conviene”.

Reflexionando alrededor de la obra de Henri Michaux, Walter se pregunta: ¿Qué impide que de repente, una mañana, al levantarnos de la cama, no se haga trizas la imagen en el espejo? (...) Si el encantamiento no se rompe es porque el understanding opera todo el tiempo como un tamiz de disturbios fantásticos, corrigiendo los flujos caóticos y filtrando los impulsos agresivos que, de otro modo, llenarían de grumos o agujeros negros nuestra percepción de lo real. (...) Precisamente la poesía empieza allí donde se rompe dicho tamiz y se abre un abismo entre lo acreditado y lo no acreditado por la conciencia, porque: “¿qué hay en una palabra que no pueda transformarse en cuchillo? Y después ¿cómo no tomarlo, cómo detenerlo?” (...) El poeta se nos revela cómo aquel que puede ver más allá del mundo ordinario, aunque siempre accidental u oblicuamente.

Seguimos sin entender qué es la poesía, pero al menos Walter nos está ayudando a interpretar quienes son esos tipos raros que se ponen a escribir cómo si estuvieran poseídos por una fuerza endemoniada.

Y más raros aún que los poetas son los traductores de poesía, o al menos esos traductores capaces de producir textos que cuando se confrontan con el original, el lector verifica la misma distancia que hay entre un borracho que da en el blanco y otro que se propone encarnar la alocución más inspirada de su vida; uno que sabe lo que dice y otro que sobreactúa su curda en la fría sobriedad de las diez de la mañana.

La traducción literaria, su finalidad última –según las ideas consagradas por Walter Benjamín- consiste en dar con una forma que pueda injertarse y despertar en la lengua receptora “un eco del texto original”.


3. LOS POEMAS

Leyendo el libro, uno va incorporando ideas alrededor de los poetas, los traductores, la poesía, pero Walter no se olvida de los poemas, la materia prima que justifica todo lo demás:

“Verde verderol/ endulza la puesta del sol./ Palacio del encanto/ el pinar tardío,/ arrulla con llanto/ la huida del río./ Allí el nido umbrío/ tiene el verderol:/ Verde verderol,/ endulza la puesta del sol” (Juan Ramón Jiménez)

Más allá de lo que pueda significar la palabra “verderol”, es interesante cómo Walter recuerda estos versos que le recitaba su abuela, en un barrio del conurbano bonaerense donde las mujeres mostraban un ingenio verbal y (¿por qué no decirlo?) un alto grado de honestidad filosófica que las conversaciones masculinas –por lo general estancadas en tres o cuatro tópicos obligatorios- retaceaban en pos de un sentido común.

A propósito de los versos de Juan Ramón, Walter ensaya una peculiar reflexión:

¿Dónde empieza y donde termina un poema? ¿Cuánto puede durar en la memoria de un hombre? ¿Cómo llegaron aquellas líneas, escritas en tan prístino español, a alojarse en la cabeza de mi abuela –descendiente de una familia de napolitanos-, y luego pasaron a anidar a otra cabeza –la mía- ya invadida totalmente por televisores Hitachi, pantalones nevados, la música de Michael Jackson y los videogames?

(..) Quizás un poema, más allá de su última línea impuesta, no tiene –no puede tener- conceptualmente un final; a lo mejor, tan sólo se termina, del mismo modo que un camino puede desembocar de pronto en un barranco. Entonces, en lugar del final de un poema, acaso sería mejor hablar de una caída o de un fading de la voz, una distensión en el ritmo de las frases, un descenso enunciativo que al llegar al borde del último verso, debería idealmente hacernos retroceder y devolvernos al comienzo. (..) porque hemos sido llevados de las narices hasta allí por la misma fuerza cohesiva del ritmo, y porque dicha fuerza está perfectamente equilibrada, de manera que en ninguna parte resulta más débil o más fuerte de lo que debería ser.

Si algo falla en ese delicado mecanismo, si alguna línea o palabra cae por fuera del campo magnético, el oído es el primero en advertirlo y reencauzarlo intuitivamente, ya que bien pensado, en poesía, mucho más que de escribir, se trata de escuchar. Y es sólo el oído quien dicta el tono, la longitud exacta, la dirección semántica y, por lo tanto, también el final del texto.

Detengámonos en esa idea de “fuerza cohesiva del ritmo”, o dicho de otra forma, la singular diferencia entre los poemas-canción y los poemas-poemas, porque en las canciones es la música la que actúa como “fuerza cohesiva”. En cambio, los poemas están a la intemperie, no tienen más alternativa que refugiarse en las propias palabras.

Walter adhiere también a la teoría de Valéry que dice que “un poema no existe más que en el momento de su dicción”, y sólo puede ser aprehendido plenamente cuando está “en acto”, y tal como reflexiona Valery, la clave no está en pensar el poema en los términos estrictos de la danza, sino en los de un “andar en cadencia”, un movimiento coordinado del cuerpo y el intelecto, un trajinar entre el sonido y el sentido cuyo corolario inmediato puede llevar o no a la escritura, pero cuya finalidad última es “crear un estado, un tiempo y una medida del tiempo que no pueda distinguirse de su forma de duración”.


4. LOS POETAS

Podría decirse que a lo largo del libro, Walter disecciona la poética de diversos autores, tan sólo como excusa para hablar de poesía, poetas, poemas.

Refiriéndose a la poética de Nicolás Godino, Walter retoma ideas del filósofo Ludwig Wittgenstein, para decir que el poema muestra aquí un estado de cosas (un conjunto de hechos y relaciones eventuales) sobre el trasfondo de una verdad última e inexpresable; muestra lo que en su impotencia la palabra ya no puede nombrar.

A Walter le sorprende cierto poema de Godino donde a primera vista no hay en estos versos una sola expresión que no remita a un estado de cosas que no sea abstracto. (...) En todo caso, su eficacia poética no radica en los pormenores de la imagen o en la articulación rítmica, sino en el devenir de las combinaciones sintácticas.

Otra poética diseccionada, quizá antagónica a la de Godino, es la del entrañable Jorge Leónidas Escudero, donde se puede advertir un original proceso de hibridación entre oralidad y escritura.

Al analizar la obra de Escudero, Walter pone el foco en la mencionada relación entre oralidad y escritura: con frecuencia, en la oralidad, suele ocurrir que las palabras no se amoldan a las normas del registro escrito y cambian su fisonomía habitual mediante la variación o distorsión de algunos sonidos. Así, hay gente que pronuncia –y consecuentemente escribe- “muncipalidad” por municipalidad, “espontanio” por espontáneo o “veniste” por viniste. En estos casos, lo que el hablante seguramente no advierte es que, al permutar y alterar los caracteres en el armazón convencional de las palabras, está operando con recursos que son esenciales a la función poética.

En la obra de Escudero, la oralidad no es –como ocurre muchas veces en el llamado coloquialismo- un artefacto libresco, sino la materia prima que organiza y da vida al poema. (...) Porque es obvio: lo oral, a diferencia de lo escrito, no tiene un bastidor en el que montarse; es puro movimiento, pura dispersión auditiva en los agujeros del espacio-tiempo.

Aunque intente camuflarse en otra cosa, el poeta es siempre esa oreja poseída que atesora las voces de la intemperie: un mero accidente acústico, una pausa en el silencio eterno, anterior o posterior a las normas estipuladas por la gramática.

Sin intención de contrariar ninguna norma de lectura, amigos lectores, les pido por favor que relean el párrafo anterior, presten especial atención a esa idea cassariana de “oreja poseída”.

Es probable que sigamos sin entender qué es la poesía, o quienes son los poetas, pero en esa idea de “oreja poseída”, se cifra una clave no poco significativa sobre el porqué de este libro, o el porqué de este texto.

“Muchoj escribidore se dan güelta el celebro/ y como a bolsillo vacío naa les cae.// hacen nido en el libro como pavos riales,/ ponen güevadas/ y sacan crías pal olvido. ¡La pucha!/ se creen bonitos y andan moniando al puro cuesco”.(Jorge Leónidas Escudero)

En cierto sentido, Escudero retoma las cartas al joven poeta de Rilke, eso de que si se puede vivir sin escribir, mejor no escribir. Y si no queda otra que escribir, entonces a trabajar las palabras, no sea cosa de poner güevadas.

Escudero nos dice: “Mi escritura en los versos tiende a representar la palabra hablada, ella porque me las oigo decir y las digo, se me pegan en el oído pero no siempre”... A lo que Walter, con su oreja poseída, pone el énfasis en la enigmática advertencia “pero no siempre”, pues Escudero nos está diciendo que su poesía está hecha de un lenguaje a medias oído y a medias leído, que conjuga elementos naturales y artificiales en igual medida.

Podría decirse que a las cartas de Rilke se le podría agregar el consejo de que si no queda otra que escribir, entonces a escribir, que por ahí se da el milagro de que las musas se aparezcan, y como ha pasado con la poesía de Escudero, donde el silencio cuenta y canta tanto o más que las palabras (...) donde no sólo la entonación de la voz, sino cada palabra en sí misma parece haberse fusionado con el paisaje... por ahí se da el milagro, sólo por ahí.


5. LA BELLEZA

Walter insiste en reflexionar sobre la dimensión política de la poesía, y retoma la pregunta de Hölderlin: “¿Para qué poetas en tiempos de pobreza?”. Le responde analizando la poesía de Diana Bellessi, quien plantea una solución mesiánica, en el sentido que Walter Benjamín confiere a esta palabra: dar un “salto de tigre” sobre la balanza de la historia para forzar su aguja hacia un tiempo pletórico, (...) ya que la escritura de Bellessi mantiene una inclaudicable energía política que, sin renegar de ninguna de sus premisas ideológicas, ha tomado partido por las verdades más desvalidas del corazón.

“pienso/ en aquel instante/ donde todo el paraíso fue/ creado de un mismo soplo y luego/ hicimos la diferencia/ para que la rueda girara/ y floreciera la belleza”. (Diana Bellessi).

NOTA: Cualquier semejanza entre las palabras Bellessi y Belleza es pura coincidencia.

Probablemente, Walter nunca haya leído a Humberto Costantini, y si lo lee, me temo que le resulte indiferente, pero Costantini, militante de izquierdas, exiliado político en los ’70, no sólo rescata a la poesía en su dimensión política, sino que va más allá, plantea que los verdaderos temas de la política son los mismos que en la poesía. O como diría Rosa Luxemburgo, el ideal de “un orden social, donde nos sea dado, amar a todo el mundo”.

“¿Y si sí? / ¿Si entre tanto Lenin / coyuntura / y organismo de base / y compañero / se nos está infiltrando la ternura / como un disimulado agente de la CIA?” (Humberto Costantini)

Porque como bien lo saben Walter, Humberto Costantini, o Diana Bellessi, en el lugar donde va a florecer la belleza, la ternura tendrá más fuerza que cualquier disimulado agente de KAOS o KONTROL.


6. EL MISTERIO

Leyéndolo a Walter, es posible entender que hay tantas poéticas como poetas, no hay sólo una forma de decir poesía. Godino, Escudero, Bellessi, pero también Aldo Oliva (ningún poeta más consciente de la luz, y sin embargo más alejado de ella).

El poeta, pese a trabajar con la luz, la oscuridad, no es un físico, aunque en algo se le parece: la poesía opera con el mismo rigor y cuidado que la ciencia, no sólo por los paradigmas y las herramientas de los que dispone, sino por su relación conflictiva con la verdad y sus simulacra o falsas representaciones: los conceptos (...) el poeta descree tanto de las apariencias como el físico o el filósofo.

Y siguiendo con los consejos a lo Rilke, es sorprendente cómo la crítica, para explicar la evolución de la literatura, se maneja con clasificaciones tan básicas como generaciones, épocas o escuelas (...) Que Z o D hayan nacido en tal o cual año es un dato estadístico (...) nadie ha visto nunca una generación (...) y aunque parezca la broma colosal de algún esnob traspapelado en el tiempo, lo más representativo, lo mejor de una época nunca se manifiesta en simultaneo con el presente, sino que llega en tiempo diferido, con algún retraso o adelanto cronométrico.

El poeta, si en verdad aspira a completarse en la rumia de su propia canción, debe necesariamente terminar con la placenta que lo sujeta a una época y a un radio predeterminado, y aprender a respirar por si mismo; debe quedarse solo con su loco deseo de decir y de durar en el lenguaje.

Aún sin entender qué es la poesía, en ese “loco deseo de decir” puede comprenderse porqué una persona se sienta a escribir, o porqué Rilke se pone a dar consejos, que bien pueden complementarse en el siglo XXI con estas ideas cassarianas:

Por suerte para las jóvenes generaciones, la poesía ya no tiene que cumplir con la fastidiosa exigencia de ser moderna. (...) Eximida de la vaga y onerosa carga de las épocas, la poesía puede hoy volver a caminar sin demasiada culpa por los jardines reconquistados de su infancia. Puede, por fin, si quiere, abocarse otra vez al misterio de su música.


7. LA MÚSICA

¿ Será así? ¿Será acaso la poesía simplemente una forma más de la música, el canto?

Quizás todo el misterio de la poesía radique en cómo se traslada a la página la textura de una voz (...) En la voz, en la granulosidad y en su semilla, está contenida toda la persona –su edad y su historia-, como en los anillos que cifran el período de vida de un árbol. (...) No se trata de lo que decimos, sino cómo lo decimos. (...) El verso es un registro próximo al habla, o en todo caso un modo de articulación entre el habla y el canto.

Esa particular forma del canto que la oreja poseída de Walter detecta en la poesía de Osvaldo Bossi, es la que permite preguntarse si acaso el acto de escribir no es también arriesgarse a un sueño que luego nos será sustraído.

O dicho de otro modo, el acto de escribir como un mecanismo más de confrontarse con la noche, confrontarse con el silencio, confrontarse con esa orilla donde toda realidad se disuelve, para así confesar que existe algo contra lo cual nada podemos hacer. Y de allí, precisamente de esa impotencia, surge el poema, surge el poder y la fuerza, surge lo mejor y lo peor del hombre.

Ya fue dicho, Walter Cassara escribió un libro para intentar responderse qué es la poesía. Por supuesto, como cualquier poeta que se hace esta pregunta, no obtuvo ninguna respuesta.

Andrés Lewin

jueves, 7 de abril de 2011

CHEBORGES

Borges es de derecha. Por supuesto, nadie lo duda. Ahora bien, si usted se conforma con esa mirada, no siga leyendo, aproveche el tiempo para cosas más importantes. Pero si usted integra la ínfima legión de los hombres curiosos, espero no defraudarlo con estas reflexiones. Digo, porque para mí Borges y el Che, en un punto, son casi lo mismo.

Escuchemos primero al maestro:



O directamente puede leerse lo siguiente:

BORGES Y YO

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo xviii, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Seria exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mi podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta página.

(Este texto pertenece al libro El HACEDOR, de Jorge Luis Borges, que puede conseguirse consultando en inpazlibros@gmail.com )


Si acaso existe algo así como un cielo, y hay una minima posibilidad de que usted, Borges, pueda leer lo que sigue, le pido disculpas. Por favor, no lo considere como un texto literario, es sólo una torpe reescritura a efectos didácticos, con la simple intención de desarrollar una idea:


EL CHE Y YO

Al otro, al Che, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por la selva y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar algún árbol o escuchar el sonido de un pájaro; del Che tengo noticias por la radio y veo su nombre en los reportes militares. Me gustan los poemas de Vallejo, el mate, los habanos, el traje de fajina y los gorros con una estrella en el frente; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un modelo fotográfico. Seria exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que el Che pueda hacer revoluciones y esas revoluciones me justifican. Nada me cuesta confesar que he ganado algunas batallas, pero esas batallas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino de los pueblos y los hombres que sueñan. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mi podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su terca costumbre de insistir aunque todo parezca perdido. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Che, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en su fusil que en estas palabras o en algún poema perdido de Jorge Luis Borges. Hace años yo traté de librarme de él y me fuí de Cuba al Congo, y ahora Bolivia, pero Bolivia ahora es el Che y yo tendré que seguir mi camino. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos, hoy, en esta escuelita perdida, escribe esta página.



" Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mi podrá sobrevivir en el otro. "

Ernesto Guevara, como Jorge Luis Borges, como Vincent Van Gogh, fue uno de esos hombres extremos que dejan de ser, para transformarse en algo supremo (llamese literatura, arte, revolución). Ernesto, como tantos otros, pudo haber escrito estas palabras.

Andrelo

domingo, 10 de octubre de 2010

POSIBLES INSTRUCCIONES SOBRE COMO LEER POESIA

- Lea en voz alta, gesticule, acompañe con el cuerpo la lectura. Si está rodeado de gente y tiene temor al ridículo, conviva con el miedo o haga otra cosa, la poesía no se lee sólo con la vista.
- Si está en el colectivo, cierre los ojos veinte segundos. Recien ahí puede considerarse preparado para comenzar con el texto.
- En la cama, procure no tener compañia. Si la tiene, mis felicitaciones, pero cierre el libro, hay cosas más importantes en la vida.
- En una playa (buen lugar), sólo limpie de arena el libro al terminar la lectura (el libro no tiene la culpa de su dicha).
- En el banco de una plaza, disfrute, sólo disfrute, quizás usted también tenga algo de poeta.
- Nunca lea desde una pantalla de computadora. Olvídese de los que quieren cuidar el medio ambiente, imprima, el camino del conocimiento vale más que uno o dos árboles.
- Nunca se pregunte que quiso decir el poeta, más bien pregúntese que le provoca a usted la lectura.
- No pretenda entender con la razón. Por lo general, la que escribe no es la razón, sino alguien más misterioso.
- Olvídese de toda regla sintáctica, la poesía es un lenguaje aparte.
- Los cortes de versos, inteprételos como una pausa, una respiración en la lectura. Nada más (nada menos).
- Procure no conocer a un poeta, se va a desilusionar. Si su poesía es valiosa, seguramente será una persona insignificante. Y viceversa, si es una persona maravillosa, no lo lea, para que ?
- Toda regla tiene excepciones.
- Si usted piensa que hay plena armonía en este mundo, no pierda el tiempo con la poesía, haga cosas más productivas.
- Y si cree en la productividad del tiempo... discúlpeme, pero no lo entiendo, ¿ cómo es que llegó hasta aquí con este texto ?

miércoles, 16 de diciembre de 2009

INCHAUSPE


Juan Manuel Inchauspe: Nació en Santa Fe en 1940 y falleció en la misma ciudad en 1991. Publicó los libros “Poemas” (Editorial de La ventana, 1977) y “Trabajo nocturno” (UNL, 1985). Asimismo publicó sus trabajos en la Revista “Alto aire” (Rosario, 1965). La Universidad Nacional del Litoral, en el año 1994 publicó su “Poesía completa” con prólogo de Estela Figueroa, volumen de donde se extrajeron los textos que a continuación reproducimos:


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2.

Hay algo en mí que busca la más clara combinación.

Hay algo que golpea, necesita treparse,

volcarse en las palabras. La ventana

enmarca una porción de la noche.

Mis ojos están abiertos Mi cuerpo desecha

todo movimiento. Yo no necesito de la noche

para parecerme a ella,

sino para sentir el oscuro desafío que me enciende.


1967


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9.

Hay momentos en que la palabra

no está en ninguna parte.

Hasta el mismo corazón parece estar

fuera de su centro. Hasta esta cabeza.

¿ Cómo escucharé entonces la melodía oculta

si no puedo inventar el vuelo

de estos pájaros fríos, pequeños ?

Afuera las últimas estrellas tiemblan,

vacilan. La frialdad es perfecta.

Todo parece estar en su justo lugar.

Solo yo sé que esta noche no debe volver.


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6.

He estado leyendo en estos viejos papeles

palabras escritas hace tiempo

bajo otro cielo

en otra ciudad.


Sé que no son grandes palabras

que no hablan ni de la vida ni de la muerte

que han conseguido entrar en el corazón de algunos instantes

pero nada más.

Uno por uno

se retorció cada papel en el fuego.


Vertical

el frío de junio

caía sobre mí.


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ENCADENADO A ESAS PALABRAS QUE NO VIENEN

No es fácil estar sentado aquí

esperando que las palabras vengan al fín

a sacarnos de este vacío donde sudamos

un áspero y conocido perfume a soledad.

No se puede esperar demasiado tiempo

En el patio observo

la línea de la mañana. El viejo sol

con una paciencia infinita trilla

lentamente la flamante llanura.

En este mes de setiembre

entro en mi trigesimocuarto qué ?

La gata de casa

                           semidormida

se revuelve voluptuosamente sobre el pasto.

con los ojos entreabiertos, indiferentes hacia afuera

como si gozara íntimamente con algún secreto

que yo no tengo

                           parece no importarle demasiado

mi desprotección.

Adentro

mi hijo pequeñito duerme todavía

duerme y sueña y vuela.

Yo en cambio sigo aquí

encadenado a esas palabras que no vienen.


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Cómo puede la tristeza

escribirlo todo

sin dejarse ver.


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¿ Qué decir de Inchauspe ?
¿ Qué de vuelta nos retrotrae a la pregunta de siempre, de sí la poesía sirve para algo ? ¿ O son otras las preguntas ?

A Inchauspe uno lo imagina encerrado, con alguna botella acompañando, que uno supone de algún whisky malo, o acaso de ginebra. En la otra mano una birome, y por ahí también el cuaderno gastado.

Y se tienen ganas de tocarle el timbre, y que hacé' loco, venite, dale venite ... (que la noche está en pañales).
Invitarlo a compartir borracheras, ir de ronda por los bares, o a alguna fiesta con minitas y escabio, que aunque no haya pibitas, tampoco importa demasiado, que uno de los mejores antidotos contra la soledad, son las borracheras compartidas entre amigos.

Es que la poesía de Inchauspe es una poesía solitaria, del vacío, de palabras que no vienen, palabras cómo única compañía, incapaces de explicar el misterio de la vida.
Y la poesía cómo único refugio posible, alguien que escribe porque no sabe hacer otra cosa, y tan sólo se pregunta sobre la utilidad de las palabras.

Dice Inchauspe:
No es fácil estar sentado aquí / esperando que las palabras vengan al fín / a sacarnos de este vacío

Hay algo en mí que busca la más clara combinación. / Hay algo que golpea, necesita treparse, / volcarse en las palabras.

Parecería ser un hombre buscando una salida, soñando con palabras imposibles, cómo si por sólo nombrarlas, en un acto de fe, casi religioso, hubiera posibilidad de escapatoria.

Aunque si uno se remite a la biografía de Inchauspe, muerto joven y solitario, la lógica sería que nos resignemos al hecho fáctico que la poesía no le resultó de mucha utiilidad, tan inútil como es como camino de redención.

Y cómo la lógica no es nuestro fuerte, mantenemos la ilusión de seguir creyendo en las palabras, que aunque a Inchauspe no lo hayan redimido, al menos se tiene la convicción de que le sirvieron de alivio a su existencia cotidiana.


Pero eso sería sólo la anécdota de un solitario más en este mundo, y lo que vale, lo realmente importante, es la belleza en sus versos, esa terquedad en insistir, en tratar de transformar lo insignificante, lo ausente, en palabras luminosas.

Por eso gracias, Inchauspe, gracias.

Gracias por volvernos a la pregunta del principio, de si las palabras sirven para algo.

Y aunque no tenemos la respuesta, lo que si está claro, es que a nosotros, que también somos buscadores de palabras, lo que nos queda es persistir en la busqueda, que seguro, aunque esté preso, seguro que dentro de muchos años, otras generaciones, otros niños le escaparán a las playstation y volverán a insistir con la misma pregunta.

Andrelo
Buenos Aires, Diciembre de 2009



... continuará ...

lunes, 20 de julio de 2009

ALREDEDOR DE ALFONSIN

Entre tanto trucho dando vueltas, se nos fue Don Raúl, político de raza, verdadero.

Lo primero es darse cuenta que uno empieza a tener un pasado, un tiempo ya vivido, y no que es contado por los libros. De hecho, fue la primer imagen de un presidente que registra mi memoria, y por algunos años de mi infancia he creido que ser presidente era ser Alfonsín. Después supe que no, pero eso es otra historia.
También el recuerdo de aquel año 83, en el que el niño de 5 años que uno ha sido, andaba por el mundo con las manos en saludo alfonsinesco.

Lo segundo es darse cuenta que uno sigue siendo un iluso, cercano a los luchadores de causas perdidas, los que aún creen que política es otra cosa, no la guerra de vedettes que nos rodea.

Alfonsín, volvamos a Alfonsín, un hombre que ha perdido sus batallas.
Porque da risa escuchar ciertas voces que hablan de diálogo, república, instituciones.
O porque hemos comprobado que sólo con la democracia representativa no alcanza para comer, curar, educar.

La democracia representativa, al fin y al cabo, no es más que una forma de gobierno.
Es probable, y la historia parece afirmarlo, que hasta ahora es el menos malo de los sistemas de gobierno posibles.
No tengo respuestas ni soluciones, pero debe decirse que en ciertas ocasiones facilita el statu quo, porque a los poderosos de siempre les sale más barato comprar un diputado que mantener un ejército.
Y ahí está la trampa.

O el circo mediático que se queda en la anécdota de la cáscara vacía, que el santo Alfonsín, el honesto, el padre de la democracia.

Está bien, debe reconocerse que al lado de lo que rodea, un hombre que se muere en el mismo departamento en que vivió antes y después del ejercicio del poder, por lo menos parece un bicho raro. Pero no debemos dejar que nos confundan, la honestidad es una obligación, no una virtud.

Y desmerece al personaje que sólo se lo asocie con la democracia. Porque al gobierno se llega para eso, gobernar, tomar decisiones.

Y cuando estuvo ahí, por un tiempo Alfonsín se propuso mejorar un poco el estado de las cosas.
Revolucionario ? No, se diría que casi un menottista, el inodoro en el baño, la cama al dormitorio, los asesinos a las cárceles.

Por un rato insistió en el predominio de la política y algo se le animó a los poderes establecidos, la iglesia, los militares, sindicatos, la patria financiera. (Hasta se le animó a los poderes verdaderos e intentó una reestructuración de la deuda, diferenciando legítima de ilegitima, incluso cuenta la leyenda, que su primer ministro de economía, cuando un funcionario del FMI le empezó a plantear indignidades soberanas, se le bajó los pantalones en la cara, dicendole que era lo único que le faltaba).

Y aunque probablemente haya sido más que su partido, Alfonsin fue siempre un radical, un partido que en muchos momentos de su historia contradijo a su propio nombre, que se supone que implica convicciones profundas, innegociables.
Caso extraño la UCR, partido nacido con la sangre del suicidado Leandro N. Alem, el del "que se rompa, pero que no se doble" .

Alfonsín, radical al fin, termino cayendo en la trampa de la democracia, negoció hasta el exceso, se dobló, que la casa está en orden, felices pascuas.
Esta bién, es cómo cuando mirando la tele, uno no puede creer el gol que se erró el numero 9... había que estar en ese momento, ese lugar.
Y se le debe reconocer a Alfonsín la dignidad de hacerse cargo, como todo lo que hizo o dijo en su vida pública.

Pero la trampa está, se habla más de democracia, que de sus intentos de cambiar un poco el estado de las cosas, que a veces pudo, en general no.

Prefiero recordarlo por eso, por el juicio a las juntas, la capital en Viedma, las cajas de PAN.

Y mis respetos a su memoria, su familia y si alguno queda por ahí, a los luchadores de causas perdidas.

Andrelo
Buenos Aires, 2 de Abril de 2009