domingo, 2 de marzo de 2014

EL DALAI PEP





EL DALAI PEP
Apuntes sobre una posible relación entre Pep Guardiola y el Dalai Lama.


Al fin y al cabo, lo que casi todos buscan es una dosis de felicidad. 
Dalai Lama

I.

¿Cómo llegan los libros a uno? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Hay una razón última de las cosas?

Hace un par de meses, por circunstancias laborales, me tocó estar en la bonita ciudad de Arequipa, en Perú. Mientras caminaba por las calles del centro, reflexionaba sobre por qué la vida en comunidad suele resultar tan complicada. Si es simple, un gobierno debería procurar la felicidad de su pueblo, y generar las condiciones para que todos los niños tengan dónde dormir, qué comer y un espacio sano para jugar, reír.


No parece tan difícil, y sin embargo, la mayoría de los gobernantes viven enredados adentro de una nube -como si tal cosa fuera físicamente posible-, y a medida que van ascendiendo en el poder, se van alejando cada vez más del mundo sensible, sensorial, donde se ven las miradas de los niños, se oyen los llantos de las madres, o se tocan los brazos flaquitos de las personas.

Reflexionaba, con cierta dosis de impotencia, como suele suceder cuando pensamos sólo con la mente, y nos preocupamos por cuestiones que no podemos resolver desde la cabeza. Somos im-potentes, en potencia, en la cabeza no logramos cerrar el círculo de los pensamientos. Necesitamos cuerpo, acción, por más sutil que sea esa acción.

Mientras continuaba con los pensamientos, ingresé a una librería de viejos. Revolviendo estantes, encontré un libro que se llama “La senda del lider”, escrito por el Dalai Lama en colaboración con un consultor de empresas de nombre Laurens van den Muyzenberg.

Siempre me pareció muy bonita la palabra “senda”, tiene algo de lenguaje antiguo, de otra época.

Empecé a leer el libro. Seguí. No paré. Sin quererlo, empecé a caminarla a la senda.


II.

La senda del lider” intenta vincular aspectos de la filosofía budista con nociones de liderazgo más convencionales.

Según el Dalai Lama, la esencia del budismo puede ser resumida en dos conceptos: visión de futuro justo y conducta justa. Tener la visión, y actuar en consecuencia.

Para el budismo, un “verdadero” líder es quien toma las decisiones justas. Y para tomar las decisiones justas, hay que mejorar la mente, entrenarla. Todos podemos mejorar nuestra mente, pensando y actuando de manera justa.

Justa, justa, justa... palabra que se repite casi en forma de mantra, quizás porque es algo que no deberíamos olvidar las personas. Como tampoco deberíamos olvidar de actuar siempre con la intención justa.

Pensar y actuar con la motivación justa es la primer parte del concepto budista de Visión de futuro justo. La segunda parte consiste en reconocer tres aspectos de la realidad:

- Nada de lo que existe es permanente, todo cambia
- Nada de lo que existe es independiente
- Nada existe sin una causa

En terminología budista, lo anterior se conoce como Impermanencia, Interdependencia y Origen dependiente.


III.

En el libro, se describe al verdadero líder como alguien que tiene la mente tranquila, serena y concentrada. Si la mente es influenciada por la ira, los celos, el temor, o la falta de confianza en si mismo, la persona se transforma y se torna ineficiente, no ve la realidad. Una mente entrenada puede ver cuando una emoción comienza a a hacer de las suyas.

Líderes verdaderos o no tanto, formales o informales, existen en todo tipo de organización, desde la familia al grupo de amigos, desde el equipo de fútbol hasta el gobierno de un país.

Toda organización está compuesta por un conjunto de personas, es la suma de los individuos dentro de ella; es, a la vez, más y menos: más porque es capaz de lograr cosas que los individuos no pueden lograr solos. Y menos porque los individuos también tienen una vida por fuera de la organización, tienen padres, hijos, amigos, etcétera.

Pienso en el Barcelona: Messi hace goles, porque alguien le pasa la pelota, o sale campeón porque alguna vez un defensor sacó una pelota en la línea. Pero a la vez, Lionel Messi es también un individuo, que sufre, ama, llora, al igual que cualquier otro individuo.

¿Qué tienen en común Buda y el Barcelona? ¿Cuál es el hilo conductor entre Siddhartha y Lionel Messi? El Dalai Lama dice que el Budismo pone en un primer plano la felicidad de las personas. Y el Barcelona también, pero no sólo por brindar un espectáculo público, un entretenimiento, sino que además, como organización debería procurar la mayor felicidad posible de sus trabajadores, en este caso los futbolistas.

Pep Guardiola, entrenador del Barcelona de Messi, quizás uno de los mejores equipos de fútbol de la historia, ha comprendido muy bien la importancia de la felicidad en las personas, en los grupos humanos.

Un ejemplo de esto se dio en el año 2008, cuando Messi fue convocado para jugar por la selección Argentina en las olimpiadas de Beijing, y Guardiola recibía presiones para no permitirle a Messi participar, ya que el Barcelona tenía partidos importantes por jugar.

Lo mejor es que siga ahí, donde es feliz, que no se lesione y vuelva con la medalla de oro. En estos partidos nuestro deber es ganar sin Messi”, declaró Pep Guardiola. Dicho y hecho, Messi fue feliz, no se lesionó y ganó la medalla de oro. Y el Barcelona ganó los partidos que tenía que ganar.


IV.

Buda consideraba que el principal eje de sus investigaciones era encontrar la causa de la falta de felicidad de las personas y cómo hacer para reducir el sufrimiento. Su conclusión fue que la principal causa de sufrimiento de las personas es el egocentrismo, al cual consideraba una ley de la naturaleza, una cuestión de supervivencia de la especie.

Pero el egocentrismo es también la causa de los pensamientos negativos, y Buda lo que propone es un entrenamiento de la mente, una disciplina para no ingresar en el enredo de los pensamientos.

Los directores técnicos, al igual que cualquier otro líder, se enfrentan a cada momento con la necesidad de tomar decisiones. Si su estado mental está dominado por pensamientos negativos, esas decisiones serán muy diferentes que si ese líder tiene una visión de futuro justo.

Guardiola es un ejemplo de líder con una visión de futuro justo. En el blog Paradigma Guardiola, se define su paradigma, su visión, su modelo de juego, con las siguientes ideas fuerza:

- Posesión 74: implica buscar 74% de posesión del balón en los partidos
- Anchos para ser profundos: busca lateralizar la posesión de la pelota, “abrir la cancha” en jerga futbolera
- Salir jugando: que desde el arquero hacia adelante, se procure siempre el toque
- Recuperación 5 segundos: Cuando se defiende, presionar para una rápida recuperación

Con estos ejes, estas claras premisas básicas, una visión de futuro justo aplicada al deporte, el Barcelona jugaba los partidos -y los ganaba-. Claro, y también con Messi, ser sobrehumano que justifica cualquier teoría.


V.

Siempre según el Dalai Lama, al momento de tomar una decisión, tanto Guardiola como cualquier otro líder, deberían considerar la intención detrás de cada acción. Esa intención debe ser buena, lo que significará que no perjudicará a otros, como mínimo. Al menos, reducir el daño al mínimo posible. Además, el líder debe preguntarse... los efectos de esta decisión, ¿son beneficiosos para la organización y el resto de las personas involucradas? ¿Cuales son las causas y efectos de la decisión?

Las relaciones de causa y efecto pueden entenderse mejor con los tres principios budistas de origen dependiente, interdependencia e impermanencia.

- Origen dependiente: Nada existe sin una causa y nada cambia espontáneamente. O sea, cualquier decisión inicia un cambio.

- Interdependencia: Todas las acciones tienen efectos en uno mismo y en los demás. Mis actos causan un efecto en otras personas, y sus reacciones ante mi actuación causan un efecto en mí, y así sucesivamente, en una cadena interminable.

- Impermanencia: Dado que hay innumerables causas y efectos, nada de lo que existe es permanente y sin una causa. El cambio constituye el estado natural de las cosas, todo en la vida crece y se deteriora, y por lo tanto la incertidumbre y la ansiedad son parte inherente de los seres vivos.

Las personas sabemos de la impermanencia, pero no nos gusta, preferiríamos estados satisfactorios permanentes. Pero es imposible un estado permanente de satisfacción sin que haya cambios, algunos placenteros y otros no tanto.

Desde el momento en que vivimos en este mundo estamos destinados a encontrar problemas. Podemos desanimarnos y así baja nuestra habilidad de enfrentar la dificultad, o podemos recordar que todos experimentamos sufrimientos, y no sólo nosotros sino cualquier ser vivo, entonces esta perspectiva más realista incrementará nuestra determinación y capacidad para superar el problema. Con esta actitud, cada nuevo obstáculo puede ser visto como una oportunidad para mejorar la mente.

Lo más probable es que cuando a Messi lo convocaron a los Juegos Olímpicos, Guardiola no tenía conocimientos de las enseñanzas del Buda. Pero igualmente actuó como un líder con una visión de futuro justo. Al enfrentarse al problema que la vida le puso por delante, supo tener la mente tranquila, serena y concentrada para actuar con determinación.

El problema fue una oportunidad para mejorar su mente, mejorar a la organización y al equipo, al tener que afrontar los partidos sin su máxima figura. Y también mejoró al propio Messi, que fue feliz, a la vez que consciente de su interdependencia, de que en ese momento sus compañeros de equipo estaban jugando sin él -y ganando-, por lo que todos dependían de todos. A la vez, el cambio constante, la impermanencia... el Barcelona de Messi pasó a ser el Barcelona de Xavi, Iniesta y compañía. Y supo ganar también de esa forma.

El verdadero líder, entiende el origen dependiente de las decisiones, la interdependencia e impermanencia. Por eso no pone el foco sólo en los resultados, porque eso genera un exceso de expectativas y ansiedades. En cambio, al entender la interdependencia, sabe que un gol de Messi puede significar la sonrisa de un niño en Malawi.

Eduardo Galeano, admirador de Guardiola y el Barcelona, aún sin hablar de liderazgos, también da a entender que no todo es resultados en una organización. “No creo que valga la pena vivir para ganar”, dice Galeano. Ninguna victoria, ninguna derrota, y mucho menos los empates son para siempre. A la semana siguiente se gana, se pierde, se empata, pura impermanencia.

Lionel Messi, un regalo que la divinidad le da a nuestros ojos cansados, quizás sea una pequeña señal del universo para iluminarnos la senda de los buenos, los que insisten en un futuro justo donde todos y cada uno de los niños tendrán dónde dormir, qué comer, y un espacio sano para jugar, reír. Por ahí esta es la razón última de las cosas.

Andrés Lewin

jueves, 12 de septiembre de 2013

Mi bobe



Nada más mentiroso que una autobiografía. Los recuerdos se viven o se sueñan, aunque luego se distorsionan con la propia mirada, a veces condescendiente, a veces tiránica. Esa mirada funciona cual diario del Lunes, recordando gambetas y olvidando patadas, o peor, recordando patadas y olvidando gambetas.
Pero de una u otra forma, la autobiografía no deja de ser un simple relato, por más bello que sea. No importa lo verdadero, importa lo verosímil. Así somos los humanos, nos gusta creerle al que cuenta, más aún si el cuento empieza con la palabra “yo”.
Yo, Andrés Lewin, he aprendido en las películas sobre la mafia, que “el que avisa no traiciona”. Aviso entonces: lo que van a leer a continuación es pura ficción. Mi propio recuerdo, real o inventado, quien sabe.
Voy a contarles una ínfima parte de lo que soy, como si tuviera la capacidad de observar en el microscopio una de las gotitas de sangre que circulan por mis venas. Una sola, bien pequeña, como son todas las gotitas.
Esta gotita es la raíz desde donde crece el árbol de mi escritura. En la gotita, y para no aburrirlos y contarles sobre el siglo XVII, aparece mi bisabuela. No voy a decirles su nombre, no porque no lo sepa, sino porque cuando ayer estuvimos charlando en la nube, me recordó que ella es pudorosa y no le gusta la fama. Mi bisabuela escribía poesía en un diario en Idish.
En la gotita también aparece mi bobe Masza. Artista, dibujante. Mucho más pudorosa que mi bisabuela. Tanto que sólo ella y yo sabemos que fue artista.
La semana pasada, fui a la casa de mis padres a buscar un libro que leí de pequeño, de Laura Devetach. La cuestión es que estoy tratando de aprender a escribir mejor, entonces intento leer mucho, más aún lo que leí de niño. No lo encontré al libro, pero revolviendo entre las miles de cajas que aún guardan mis padres, encontré “LA” caja.
“LA” caja estaba llena de dibujos que mi abuela pintó de niña cuando aún vivía en Polonia, antes de venirse a la Argentina a sus 11 años.
Como muchos inmigrantes que escapaban del hambre de Europa, mi abuela se vino con muy pocas pertenencias, tan sólo lo que podía guardar en su mínima valija de cartón. Entre las muy pocas pertenencias, eligió sus dibujos.
Pudo haber traído más ropa, o algún juguete, o elementos de utilidad como hilos y agujas de coser, lo que sea, pero eligió sus dibujos, que estuvieron guardados por muchos años hasta la semana pasada. 
Los artistas son así, el arte por sobre todas las cosas. Y hoy día, mientras escribo esto que escribo, yo sé, porque lo sé, que mi abuela sigue dibujando en cada una de estas palabras.






miércoles, 17 de julio de 2013

UNA CARTA


De los posibles géneros de escritura, creo que mi favorito es el "género epistolar", disfruto mucho escribiendo "cartitas". Pero no soy el único, porque si bien en este siglo que nos toca muchos olvidan de su letra cursiva, probablemente sea la época de la humanidad en que mayor cantidad de cartas se escriben. Ya sin el “aura” de una letra desprolija, o un determinado olor de una hoja, pero cartas al fin y al cabo. A continuación, podrán apreciar una de mis últimas “cartitas” a una bonita pareja de amigos, recientes padres para más datos.



Amigos:

Hace un par de días ví un documental donde Litto Nebbia cuenta cómo compuso el tema "La Balsa".

En resumen, la historia es que los loquitos lindos que inventaron el Rock en Castellano, cuando terminaban sus noches, se quedaban desayunando en el bar La Perla, frente a Plaza Once. Se juntaban ahí, lisa y llanamente, porque a la madrugada era de lo poco que quedaba abierto en la ciudad.

"La Balsa" surge justamente en el Bar La Perla, cuando Tanguito le pide a Litto Nebbia que lo acompañe al baño con una guitarra, porque quería mostrarle algo que se le había ocurrido. Tanguito empieza a tararear "estoy muy sólo y triste / en este mundo de mierda".... y Litto aprovecha para cambiar la palabra "mierda" por "abandonado", y así de a poco van armando la canción entre los dos.

¿Cuál es? ¿A que viene esta historia?

Todo tiene que ver con todo en este universo, y un rato después de ver el documental, recibí un e-mail con fotos de su hija querida.

Ese pibe Tanguito la estaba pasando mal, aunque en ese "pasarla mal", por una extraña combinación de los astros, logra transmutar el "sólo y triste" en una preciosura de canción. Lo bonito de esa canción, es que no se queda en el "estoy sólo y triste", sino que se propone "conseguir / mucha madera / ... conseguir / de donde pueda".

Mucha madera pa´ construir, construir... aún en el peor de los días, cuando todo parece derrumbarse, construir, construir...

Y ustedes, mis amigos, por uno de esos milagros de la naturaleza, nueve meses después de un "chingui-chingui", una cosita hermosa les ha nacido al mundo... ¡maravillosa y delicada construcción!

Lo que han construido, esa semilla que ha germinado, ahora a regarla días tras día. Y la planta va a crecer, crecer, y por un largo tiempo, ustedes van a ser su guía, su escudo, su defensa frente al mundo.

Divina responsabilidad, enseñarle a mirar a una personita. Pero también, mis amigos, ustedes se han construido, con mucha madera, su propio escudo frente al mundo. A partir de ahora, tienen quien los defienda, quien le va a dar un sentido aún a los días tristes. Y en el diario aprendizaje, van a tener la oportunidad de adquirir mayor sabiduría, de entender lo profundo de la condición humana, que simplemente somos seres que queremos comer, dormir, reír...

Y dentro de muchos años, cuando esta dulzura ya no sea tan dulzura, cuando aparente no quererlos, se les rebele... paciencia, sólo paciencia, ese será el momento en que la niña comience su propio y personal camino de sabiduría, y así empezar a entender, poquito a poco, que entre todas las cosas que somos, ante todo somos AMOR.

Sí, también por el encuentro de dos cuerpos, también por eso, pero principalmente porque nos han dado de comer, nos han limpiado la caquita, y nos han protegido frente al mundo abandonado. Con mucha, mucha madera...

Los abrazo con los brazos.

Andrés

miércoles, 23 de enero de 2013

CABALLERO DE FINA ESTAMPA




Hay libros que se leen en el momento en que hay que leerlos, y hay otros que no, llegan tarde, o demasiado temprano. Nunca supe muy bien distinguir cuando algo es literatura, o no lo es. Los libros me gustan o no me gustan, me conmueven o me resultan indiferentes, puede ser desde tonta poesía, hasta cuentos de fútbol, novelas juveniles, o libros de filosofía.

“El caballero de la armadura oxidada”, de Robert Fisher, es de esos libros que he leído en el momento en que hay que leerlos. Es una pequeña fábula sobre un caballero “que vivía en una tierra muy lejana, hace ya mucho tiempo. El caballero hacía todo lo que suelen hacer los caballeros buenos, generosos y amorosos. Luchaba contra sus enemigos, que eran malos, mezquinos y odiosos. Mataba dragones y rescataba damas en apuros.”
El caballero era el número uno del reino, se pasaba el tiempo ganando batallas, matando dragones y rescatando damas en apuros. Tenía una familia, compuesta por su mujer, Julieta, y su hijo Cristobal. Pero el caballero los veía poco, “cuando no estaba luchando en alguna batalla, estaba ocupado probándose su armadura y admirando su brillo. Con el tiempo, el caballero se enamoró hasta tal punto de su armadura que se la empezó a poner para cenar, dormir, hasta que ya ni se tomaba la molestía de quitársela para nada”.
Un día la mujer le dice: “creo que amas más a tu armadura de lo que me amas a mí”. El caballero reacciona, intenta sacarse la armadura, pero no puede, ya es parte de su cuerpo.
Le pide ayuda al mejor herrero del pueblo, el más fuerte, pero no hay caso. Decide entonces emprender un viaje para encontrar quien pueda ayudarlo a quitarse la armadura.
En ese recorrido, al primero que se cruza en el camino es al bufón del rey, quien le dice “A todos, alguna armadura nos tiene atrapados. Sólo que la tuya ya la has encontrado”, y le sugiere que el único que lo puede ayudar a quitársela es el mago Merlín.
Comienza un largo peregrinaje a traves del bosque, buscándolo a Merlín. Sufre , no está preparado para sobrevivir entre tanta naturaleza. Luego de mucho trajinar, se encuentra con el mago:
-        Lo he estado buscando – dice el caballero-. He estado perdido durante meses.
-        Toda tu vida lo has estado – le contesta el mago.
-        No he venido hasta aquí para ser insultado.
-        Quizás siempre te has tomado la verdad como un insulto – le dice Merlín.
-        (…)
-        Sos muy afortunado, estás demasiado débil para correr.
-        ¿Y eso qué quiere decir? – pregunta el caballero.
-        Una persona no puede correr y aprender a la vez.
El caballero no tiene fuerzas para contestar, se encuentra agotado, con mucha sed. Merlín le ofrece un extraño líquido:
-        ¿Qué es?  – pregunta el caballero.
-        Vida.
-        ¿Vida?
-        Sí -contesta el mago-. ¿No te pareció amarga al principio y, luego, a medida que la degustabas, no la encontrabas cada vez más apetecible?
-        Sí, los últimos sorbos resultaron deliciosos.
-        Eso fue cuando empezaste a aceptar lo que estabas bebiendo.
-        ¿Estás diciendo que la vida es buena cuando uno la acepta? -preguntó el caballero.
-        ¿Acaso no es así? -replicó Merlín, divertido.
-        ¿Esperás que acepte esta pesada armadura?
-        Ah -dijo Merlín-,  pero vos no naciste con esa armadura.
El caballero continuó en el bosque, poco a poco se fue haciendo amigo de pájaros, ardillas, hasta que de pronto lloró:
-        Con esas lagrimas, diste el primer paso para liberarte de la armadura -explicó Merlín-. Es hora de que te vayas.
El caballero no sabía para donde ir. Merlín le explica que si quiere quitarse la armadura, debe recorrer el sendero de la verdad, que se irá volviendo cada vez más empinado a medida que se acerque a la cima de una lejana montaña. En el camino, deberá cruzarse con tres castillos: el primer castillo de nombre “silencio”; el segundo “conocimiento” y el tercero “voluntad y osadía”.
El recorrido lo hace junto un pájaro y una ardilla. Poco a poco comienza a entenderse con los animales, a conversar con ellos. La ardilla le dice:
-        El castillo del silencio está justo detrás de la próxima subida.
El caballero se siente decepcionado, esperaba una estructura más elegante, y el castillo del silencio es pequeño, sin nada llamativo.
-        Cuando aprendas a aceptar en lugar de esperar, tendrás menos decepciones -le dice el pájaro.
-        Estoy empezando a pensar que los animales son más listos que las personas -contesta el caballero.
-        No creo que esto tenga nada que ver con ser listos. Los animales aceptan y los humanos esperan. Nunca oirás a un conejo decir: “Espero que el sol salga esta mañana para poder ir al lago a jugar”. Si el sol no sale, no le estropeará el día al conejo. Es feliz siendo un conejo.
STOP.
Hasta aquí llega mi resumen del relato, la historia de como el caballero finalmente logra quitarse la armadura. Podría continuar, contarles todas y cada una de las peripecias del caballero en el sendero de la verdad, o incluso podría inventar brillantes teorias sobre magos, caballero, animales.
Pero mi intención -sana, por cierto- es que alguno de ustedes lea este libro, así que les pido disculpas, pero no les contaré el final. Tampoco voy a caer en lo que Ranciere llama “el velo que el sistema explicador pone sobre cualquier cosa simple”.
“El caballero de la armadura oxidada” no se trata, precisamente, de un libro que me haya resultado  indiferente. Y si usted, amigo lector, está esperando alguna conclusión, algo que traiga luz sobre este bonito libro, no olvide que eso es esperar, actitud típica de los humanos.
Andrés Lewin

lunes, 31 de diciembre de 2012

STEFANO


Notas alrededor del libro “Stefano” (Maria Teresa Andruetto), catalogado como “novela juvenil”, y que cuenta sobre un inmigrante italiano que escapa del hambre, sobrevive a un naufragio, llega a la Argentina y recorre el pais junto a un circo.




1.
Hay veces en que uno busca a los libros, y otras tantas en que los libros lo buscan a uno. “Stefano” estaba en el exacto lugar de la librería donde mis ojos fijaron la vista. Ni un centimetro adelante, ni uno atrás, exactamente ahí.
“Stefano” es la historia de un joven inmigrante italiano que viaja de Italia hacia nuestra Argentina escapando del hambre. Pero “Stefano” no es sólo un libro sobre una persona llamada Stefano Pronello que escapa del hambre, sino que es un libro sobre inmigrantes europeos escapando del hambre en la primera mitad del siglo XX. O sea, mis abuelos entre tantos otros.
“Pinta tu aldea y pintarás el mundo”... “Stefano” es también mi bobe Maria, mi bobe Masze, mi zeide Aizik, mi zeide Enrique, parte de lo que yo mismo soy.
Al leer el libro, no puedo dejar de pensar en mis abuelos, su generación, que por un lado escapan de Europa por judíos, por las persecuciones, por la vieja Europa que no los respeta, sino que además están huyendo del hambre.
Stefano Pronello es un joven hijo único, huerfano de padre, que mantiene el siguiente diálogo con su madre:
Yo le pedía que viniéramos a América...
Pero ella decía: No.
Decía: Ésta es la tierra de tu padre.
Allá se puede hacer dinero, dije yo.
¡Cosas que inventan! Pero nadie regresa para contar...
(…)
Ella decía:
No me iré. Ésta es la tierra de tu padre.
Y yo, no sé por qué le dije: La tierra de mi padre nos mata de hambre.
Ella gritó: ¡No insultés!, y escondió la cara para que no la viera llorar.
Y yo me eché a sus pies, y le besé las manos, y le pedí:
Perdoname, mamá.
Ella me deja decirle lo que le digo. Después acomoda la voz y habla:
Te irás si quieres, pero debes esperar.
(…)
Yo preguntaba: ¿Esperar, cuánto?
Hasta que seas grande, me decía.
Tengo doce años.
Tienes que esperar más.
Cuando finalmente la madre le dice “está bien, te irás si quieres”, recién ahí Stefano emprende el viaje en barco, luego sobrevive a un naufragio, y al llegar a Buenos Aires, pasa unos días en el Hotel de Inmigrantes, donde en la puerta hay un cartel con la siguiente frase: se trata de un sacrificio que dura poco.
El país Argentina, en ese momento disponía de un hotel para recibir a los recién llegados, y no sólo eso, sino que además los gobernantes tenían la delicadeza de escribir carteles para apaciguar un poco los dolores.

* * * * * *

2.
Además de una historia de desarraigos, “Stefano” es también la historia de un niño que se hace hombre, y en ese acelerado camino, no sólo que hubo hambre, naufragio, destierro, sino que también hubo un saxo.
El primer día feliz de Stefano Pronello en Argentina es tocando el saxo.
Por simple curiosidad, hace poco estuve investigando en Internet la etimología de la palabra “Felicidad”. Aparentemente -nunca hay que creerle demasiado al dios Google- , la palabra felicidad proviene del latín felix (plural, felices), que tiene la misma raiz que el verbo felare (o fellare), que significa chupar, mamar. Se supone entonces que la palabra “felicidad” se relaciona con el acto femenino de dar de mamar. Si esto fuera cierto, para los romanos, la primer referencia alrededor de la “felicidad” es una madre amamantando.
“Pura vida”, como dicen en Costa Rica.
La inquietud pasa por entender si esa “felicidad” que vieron los romanos, está en la madre, en el bebé, o en el acto en sí de amamantar.
No lo tengo muy claro, no soy romano, ni madre, lo único que puedo decir es que alguna vez he sido bebé.
Desde mi propia experiencia, como únicamente fuí bebé, y tomando ese punto de vista, ¿no sería interesante pensar que la felicidad, en Stefano o en cualquiera de nosotros, trata simplemente de volver al estado originario en que nuestra única preocupación era alimentarnos de la leche materna? ¿No es ese estado originario el único lugar no contaminado por los pensamientos?
Las preguntas son preguntas, las respuestas son respuestas, siempre insuficientes, y los filósofos especialistas en preguntarse y responderse.
Nietzche, filósofo, decía que la madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era un niño.
El niño, quien mejor se aproxima al bebé que alguna vez fuimos, tiene la sabiduria de comprender el juego de máscaras del que se trata la vida, juega cuando juega, llora cuando necesita algo, come cuando hay que comer, y duerme cuando se le cierran los ojos.
Stefano, también un niño, también un hombre, vive cuando hay que vivir, sufre cuando los golpes lo acomodan, y juega cuando tiene un saxo en la mano.

* * * * * *

3.
“Stefano” es un libro catalogado como novela juvenil, planteando una diferencia de género con la novela adulta. Personalmente, no me queda muy clara la distinción, donde termina lo joven, donde empieza lo adulto.
Para intentar comprender, otra vez acudí al dios Google, busqué “literatura infantil”, y me encontré con una frase de Martin Amis, escritor adulto si los hay. La frase es la siguiente: "sólo una lesión cerebral haría que escribiera literatura infantil... nunca escribiría sobre algo que me obligara a hacerlo en un registro más bajo del que puedo".
Albert Einstein decía que hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana... y sobre lo primero no está tan seguro.
No me atrevo a ser tan categórico respecto a Martin Amis, sólo sé que generalmente en una banda musical, el bajo pasa desapercibido para los oídos no muy entrenados. Pero si falta el bajo, se siente esa falta, se necesitan los bajos registros para amalgamar los distintos sonidos.
Quizas sea porque necesitamos volver a ser bajos, muy bajos, para así juntar las distintas piezas, amalgamarlas, volver al estado originario en que sólo nos preocupábamos por comer, dormir, y las sonrisas venían dadas por músicas y colores.
Como Stefano, que recién es feliz el día en que toca el saxo, o como mi sobrinito el Titi, el hijo de mi amigo Damián, que hoy tiene tres meses, y su vida es comer, dormir, y sonreir con los juguetes compuestos de músicas y colores.
Músicas, colores, o esos mínimos instantes en que la vida queda suspendida y logramos ser lo que somos.
Andrés Lewin

lunes, 13 de agosto de 2012

La Bicicleta



Un amigo. Las historias son siempre de los amigos. El amigo empieza a sentir un pequeño grado de locura, que se le mete entre la piel, recorre sus venas, y sube a su cabeza. El amigo sabe, o supone, porque algo le han dicho, que si la locura quiere hacer de las suyas, nada mejor que leer a Artaud.
Antonin Artaud, verdadero loco entre los locos, en ese difuso límite entre locura y genialidad, donde no se sabe muy bien si es loco porque es genio, o es genio porque es loco, o si primero fue el huevo, o no hay huevo sin gallina.
Gallinas. Van Gogh nunca dibujó una gallina, sin embargo, Artaud no sólo que lidiaba con los mecanismos de su propia mente, sino que además supo reflexionar sobre el otro gran loco.
Van Gogh, el suicidado por la sociedad, así se llamó el texto que le dedicó Artaud. Detengámonos en esa idea del “suicidado”, o en palabras de Artaud:
¿Qué es un verdadero alienado? Es un hombre que elige volverse loco –en el sentido en que se usa socialmente la palabra- antes que traicionar un pensamiento superior de la dignidad humana. Por ese motivo la sociedad se sirve de los asilos (...) ya que un alienado, en realidad, es un hombre al que la sociedad no quiere escuchar, y quiere evitar que manifieste determinadas verdades intolerables.
Intolerable. Así se sentía el amigo, incapaz de relacionarse, pero con una imperiosa necesidad de decir. Tuvo la sana intención de convertirse en escritor. Y para aprender, leyó un libro que se llama Ser Escritor, de Abelardo Castillo. Y luego otros libros, y más libros, hasta que volvió a cruzarse con Abelardo en Desconsideraciones:
Es un hecho por demás evidente que la obra de los llamados artistas locos, como Van Gogh, ejerce una influencia muy grande sobre la sociedad entera: sobre aquellos que somos, o nos decimos, normales (...) ¿Por qué este tipo de obra nos habla con tanta fuerza? (...) ¿Qué es, en definitiva, un loco?
Un loco es un espíritu subversivo o transgresor. Es alguien que molesta a la sociedad, la inquieta, la perturba. Se comporta de una manera no habitual. Da la impresión de hacer lo que quiere, de hablar cuando quiere, y de decir las cosas exactamente en el momento que las piensa. Pero esto, ¿no suele ser también un artista? Un loco tiene percepciones que van mucho más allá de las percepciones normales y que únicamente se diferencia de estas percepciones en su intensidad (...) es alguien que siente, sufre (...) igual que las personas llamadas cuerdas, sólo que se manifiestan en él con un grado de intensidad tan grande que ya no puede manejarlas. Pero esto es también un artista (...) Es posible observar dos características propias del artista loco (...) La primera es la claridad estremecedora que ha tenido para detectar e, incluso, aceptar su propia locura. (...)
La otra característica es puramente estética. Hay algo que domina la obra de los grandes artistas, estén o no locos, y es la necesidad de perfección, de precisión formal. Todos los grandes artistas, locos o no, han tenido algo así como la obsesión maníaca de la forma (....) Basta mirar sin prejuicio los cuadros de Van Gogh, para darse cuenta de que, aún al borde de la demencia, su preocupación por la forma y su dominio de la forma eran inmensos. El tamaño de sus cuadros es la mejor prueba. Van Gogh pintaba cuadros pequeños (...) Es como si a través de la forma intentara contener ese mundo alucinatorio y desarbolado, y consiguiera encajonar su racionalidad dentro de márgenes muy claros para él (...) Que Van Gogh haya pintado cuadros de muy reducida dimensión fue quizá una defensa de su cordura (...) Como si la forma, el trabajo sobre la forma, refrenara de algún modo ese componente irracional que tiene toda creación estética y sirviera de autoterapia, por llamarlo de alguna manera (...)
Nietzche: “lo que no me mata me hace más fuerte”. La salud, entonces, podría definirse como la cantidad de enfermedad que puede resistir un organismo sin que eso lo mate o lo destruya. Del mismo modo cabría pensar la normalidad, en sentido psicológico, como el caudal de locura que es capaz de tolerar una mente sin que eso la enloquezca (...) El arte, entre otras muchas cosas, es quizá una estrategia que utilizan ciertos hombres para defenderse de los llamados de la anormalidad, de esos clamores que oímos todos, de la enfermedad, de la muerte y de la locura.
Pero volvamos al amigo, porque esta es la historia del amigo, obsesionado por la escritura. ¿Y cómo se hace para transformar esa obsesión en un objeto denominado “libro”? ¿Cómo se escribe un libro? ¿Por dónde se empieza? Borges, en su ensayo “Evaristo Carriego”, al comentar la primer obra de Evaristo, “Las misas herejes”, reflexiona lo siguiente:
Todo escritor empieza por un concepto ingenuamente físico de lo que es arte. Un libro, para él, no es una expresión o una concatenación de expresiones, sino literalmente un volumen, un prisma de seis caras rectangulares hecho de finas láminas de papel que deben presentar una carátula, una falsa carátula, un epígrafe en bastardilla, un prefacio en cursiva mayor, nueve o diez partes con un versal al principio, un índice (...), una concisa fe de erratas, unas hojas en blanco (...) y un pie de imprenta: objetos que es sabido constituyen el arte de escribir.
El arte de escribir. En el extraño arte de escribir, en la producción de ese curioso objeto físico denominado libro, siempre es conveniente empezar por el principio, por la tapa, que se supone debe brindarnos alguna pista sobre el texto. Como por ejemplo la tapa de una edición “de bolsillo” de la obra de Artaud, con un cuadro de bicicleta como única ilustración.
La bicicleta, claramente una forma de esclarecer, de lograr una mejor comprensión sobre los textos de Artaud. ¿O no? ¿O simplemente un capricho del editor?
Editor. Editores es lo que faltan, piensa el amigo, mientras fija su mirada en esa tapa, en el cuadro de bicicleta.
Bicicleta, la gran utopía moderna según el antropólogo Marc Auge (Elogio de la bicicleta):
-   En la calle se da el diálogo, la mirada cómplice entre ciclistas y ninguno habla por celular (...) ojalá pueda la bicicleta ser un instrumento discreto y eficaz, de una reconquista de la relación y del intercambio de palabras y sonrisas.
-   El uso de la bicicleta nos permite satisfacer en parte nuestros deseos de levedad. La bicicleta sólo utiliza la fuerza desmultiplicada del cuerpo, permite el ideal de movilidad natural y fluida, permite identificarse con el pez en el agua o el ave en el cielo. Pero a la vez nos impone una conciencia más aguda del espacio y el tiempo (las subidas son subidas) (...) Es una llamada del orden biológico (pone límites).
-   En la bicicleta, el mundo exterior nos ofrece resistencia, pero al mismo tiempo es un espacio de libertad íntima y de iniciativa personal, como un espacio poético, en el sentido pleno y primero del término: como “poiesis” o creación.
-   La bicicleta nos devuelve el alma del niño, nos restituye la capacidad de jugar, pero también nos da el sentido de lo real (como los niños que diferencia su mundo lúdico de la realidad).
Realidad. La realidad es que hay un libro de Artaud, con un cuadro de bicicleta en la tapa, aparentemente de aluminio, con una tuerca marca “Shimano” y con las letras “Antonin Artaud” sobre uno de los rayos, aparentemente girando.
La realidad es que no sabemos, y ni siquiera importa demasiado, porqué ese cuadro de bicicleta en la tapa de ese libro. Pero lo que debería saber el amigo, si de veras quiere ser escritor, es que la realidad y los libros son dos cosas bien distintas. Por suerte y gracias a la existencia de los libros, la realidad a veces también pedalea. 
Andrés Lewin

lunes, 9 de julio de 2012

Se va Román

1.

Roland Barthes fue uno de los grandes pensadores de mediados del siglo XX. En un muy bonito libro que se llama “Del deporte y los hombres” (que también es una película) se propuso reflexionar sobre qué es el deporte, y porqué atrapa tanto a las personas.

En primer lugar, analiza las corridas de toros, que si bien no son exactamente un deporte, tal vez sean el modelo y el límite de todos los deportes: elegancia de la ceremonia, reglas estrictas del combate, fuerza del adversario, ciencia y coraje del hombre.

¿Por qué a los hombres les emociona este espectáculo? ¿Por qué participan tanto? ¿A que viene este combate inútil?

La corrida les dirá a los hombres por qué el hombre es mejor.

Primero, porque el valor del hombre es consciente: su coraje es conciencia de un miedo libremente aceptado, libremente superado.

La segunda superioridad del hombre es su ciencia. El toro no conoce al hombre, pero el hombre sí conoce al toro.

Y hay algo más, el estilo. ¿Qué es el estilo? Es convertir un acto difícil en un gesto lleno de gracia, es introducir un ritmo en la fatalidad. Es ser valiente sin desorden, es dar a lo que es necesario la apariencia de una libertad.

Valor, ciencia y belleza: con esas tres cosas se enfrenta el hombre a la fuerza de la bestia.

Juan Román Riquelme, el torero, ha enfrentado la bestialidad del mundo con esas tres armas, el valor, la ciencia, la belleza.

El valor de enfrentarse a los más encumbrados rivales, de jugar finales, ganarlas, hacer goles en los momentos en que otros no los hacen.

Su ciencia. La pelota no conoce a Riquelme, pero Riquelme sí conoce a la pelota. Vaya si la conoce.

El estilo. ¿Qué es el estilo? Dicen que Mario Yepes, Claude Makelele, algo aprendieron.



* * *



2.

Probablemente no haya un origen de las cosas, al menos es incomprobable. La ciencia, las religiones, se pasan siglos y siglos tratando de buscarle la vuelta, pero no sabemos, no nos consta que haya un origen, aunque los seres humanos necesitamos creer, nos gustan las mitologías.

Y si hay que establecer un origen posible de esta historia, podría uno remontarse al año 1998, cuando un entrenador de fútbol, pelado para más datos, con pinta de científico loco, le pregunta a un joven jugador de fútbol:

- ¿Vos, si podés elegir, de qué querés jugar?
- Y, yo… de enganche.

Ese entrenador era Carlos Bianchi, y ese joven jugador de fútbol era Juan Román Riquelme.

Pero si de mitologías hablamos, Roland Barthes, en el prólogo a otro de sus libros, llamado justamente “Mitologías”, justifica la escritura del libro en el sentimiento de impaciencia ante lo “natural” con que la prensa, el arte, el sentido común, encubren permanentemente una realidad que no por ser la que vivimos deja de ser absolutamente histórica.

O como decía aquel graffiti que se leía en las calles de Buenos Aires en el año 2001: nos mean y la prensa dice que llueve.

Es decir, eso que alguna vez se llamó futbol argentino se está acercando a un triste final, y la prensa sólo nos dice que se va Riquelme.

Seguramente van a seguir apareciendo grandes jugadores, habrá otros mejores, de hecho por ejemplo Messi es superior a todo lo que hayamos visto, con la probable excepción de Diego Maradona.

Pero es el fin de una era, la época en que se jugaba con enganche, que a la pelota se la trataba con cariño y respeto, la desaparición de los ídolos futbolísticos.

Juan Román Riquelme jugó 354 partidos en Boca. No hablemos ya de la excelencia con que jugó la mayoría de ellos, detengámonos simplemente en la cuestión numérica: ¿Cuándo habrá otro jugador del fútbol argentino, por más malo que sea, que se vista 354 veces con la misma camiseta?

* * *


3.

Con la ida de Riquelme, los que hoy merodeamos los 30 años, tenemos la irremediable certeza de que se trata del fin de nuestra infancia, somos conscientes, y nos duele, que aún si se da el milagro de la reconstrucción de algo así como lo que fue el fútbol argentino, ya está, ya no volveremos a tener ídolos deportivos.

En el caso particular de Riquelme, debo confesar que siempre tuve con él una debilidad adicional. Román nació en Junio de 1978. Yo nací en Agosto, dos meses después. Siempre tuve la sensación de que el día que deje el fútbol, algo en mí iba a terminar, porque uno empieza a ser grande y ve a los jugadores de fútbol debutar en primera, hacer goles, retirarse, convertirse en entrenadores, pero con Román es otra cosa, es un par, nació sólo unos meses antes que yo.

Es la infancia que se nos va, uno debe resignarse a aceptar que ya no va a ser jugador de fútbol, habrá que reconstruir los sueños, pero ese sueño primario, eso que le pasa a los niños de este país, esas ganas de jugar en primera, ya no… si Román se empieza a ir retirando es porque el tiempo ha pasado, no queda más alternativa que aceptarlo.

Es que el fútbol, como fenómeno social, por sobre todas las cosas, es un espectáculo para niños, o al menos el niño que conservamos dentro nuestro. Me pregunto si los presidentes de los clubes, los entrenadores, los periodistas deportivos, los mismos jugadores, ¿son acaso conscientes que su público más fiel son los niños?

En mi caso, cuando era pequeño, el fútbol funcionó como un refugio para mi timidez. Siempre tuve problemas con mi pierna izquierda, con la derecha, pero nunca dejaba de soñar con un caño, una gambeta, metía tantos goles en las noches que ni les cuento.

No sólo eso, también pasaba horas y horas jugando a algo que se llamaba “taca-gol”, que eran unas fichas redondas que se disponían sobre el piso y hacían las veces de jugadores de fútbol. Armaba una cancha que ocupaba casi toda la pieza. En ese juego, algunas veces jugaba con algún amigo, pero por lo general jugaba sólo, movía las fichas de los 22 jugadores, era local y visitante a la vez, creaba torneos, armaba las tablas de goleadores, había ascensos, descensos, tenía carpetas con las tablas de posiciones, las formaciones de los equipos, el historial año por año, etc.

En River jugaban el Negro Enrique, Alzamendi, más algún que otro amiguito mio. Pero en Boca estaban Comitas, el Chino Tapia, y con la 7 jugaba Andrés Lewin. Que era el goleador, por supuesto.

En otros países, seguramente los niños tengan sueños más interesantes, pero aquí, en Argentina, en Buenos Aires, muchos niños hemos soñado con el fútbol, hemos decorado las paredes con los posters de Batistuta, del Beto Márcico, del Mono Navarro Montoya.

Por eso nos duele mucho la ida de Román, por que uno no puede dejar de preguntarse quien será el próximo poster. ¿Pablito Mouche? No, que me disculpe Pablito, no es con él la cosa, pero uno tiene la impresión que se viene la era de los desangelados, y por eso también uno lo quiere tanto a Román, es la última resistencia, alguien que siente, sufre, igual que cualquiera de nosotros, sólo que con mayor intensidad.
 

* * *


4.

¿Por qué Riquelme? ¿Por qué Riquelme y no otro?

En el año 2000, cuando todavía Riquelme no había alcanzado la estatura mítica posterior, Roberto Fontanarrosa lo definió así en una preciosura de libro que se llamó “No te vayas campeón – Equipos memorables del fútbol argentino”:

Quizás el último de los pisadores, una característica hoy escasa pero que viene de mucho antes (…) Esa especialidad que hace que el jugador, más que correr con la pelota, camine sobre ella, como algunos perritos amaestrados en los circos. Lo primero que hace Riquelme cuando recibe una pelota es ponerla bajo la suela. Como precaución, para que no se escape, para que se calme, para que se sosiegue. Y así la trae, la amasa para acá, la frena, la saca hacia el otro lado, la muestra, la esconde, mientras que con los brazos y el culo mantiene alejado al marcador, si es que lo tiene a sus espaldas.

Es un infierno quitársela, aunque para el rival la pelota pareciera estar siempre tentadoramente cerca. Pero si Riquelme se quedara sólo en eso, en el escamoteo corto, correría el riesgo de convertir su juego en un malabarismo inútil. Riquelme va mucho más allá. La pide siempre, la busca, recorre el campo horizontalmente de lateral a lateral procurando destaparse y tiene una pegada fantástica. No es tan vertical cuando encara, ni demasiado veloz, pero puede cambiar un partido, asumir la responsabilidad de tener la pelota, y fundamentalmente, sostener la fama de la pisada a la cual tanto han aportado los jugadores argentinos.

Repito parte del último párrafo: puede cambiar un partido, asumir la responsabilidad de tener la pelota. Insólitamente, muchas personas que simplemente miran partidos de fútbol por televisión, son capaces de afirmar, con absoluta liviandad, que Riquelme es “pecho frío”. Como si esas personas que lo afirman realizaran su trabajo frente a 50.000 personas, más otras millones en los televisores.

También hay quienes dicen que es un divo, una persona conflictiva. Si bien uno no lo ha conocido personalmente, y el periodismo deportivo no suele ser una fuente muy confiable, todo parecería indicar que algo de cierto hay, que las habladurías tienen algún basamento en la realidad.

¿Pero cómo no serlo? ¿Cómo no ser un hombre complicado, atormentado, si es alguien que tiene el fútbol entero en la cabeza?

Es complejo, pocas mentes humanas son capaces de tener un conocimiento absoluto sobre algo, cualquiera sea ese “algo” y no ser una mente tormentosa, difícil para la sonrisa.

Así y todo, a Riquelme, como hombre público, no recuerdo que se le hayan escuchado declaraciones fuera de lugar, desubicadas para su lugar en la sociedad.

Los grandes artistas, cómo los locos, incomodan, por algo son artistas.

Abelardo Castillo, escritor argentino, en un libro que se llama “Desconsideraciones”, plantea la cuestión:

¿Qué es, en definitiva, un loco? Un loco es un espíritu subversivo o transgresor. Es alguien que molesta a la sociedad, la inquieta, la perturba. Se comporta de una manera no habitual. Da la impresión de hacer lo que quiere, de hablar cuando quiere, y de decir las cosas exactamente en el momento que las piensa. Pero esto, ¿no suele ser también un artista? Un loco tiene percepciones que van mucho más allá de las percepciones normales y que únicamente se diferencia de estas percepciones en su intensidad (...) es alguien que siente, sufre (...) igual que las personas llamadas cuerdas, sólo que se manifiestan en él con un grado de intensidad tan grande que ya no puede manejarlas. Pero esto es también un artista.

Juan Román Riquelme es un hombre con una intensa percepción de lo que es una pelota, una cancha de fútbol, y en el excelso arte de la pisada, uno de los más ilustres pisadores de los últimos siglos.

* * *

 

5.

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, bajo el seudónimo Honorio Bustos Domecq, en el año 1967 publicaron un cuento que se llamó “Esse est percipi”, donde plantean un posible futuro donde ya no hay “score” ni cuadros ni partidos. Los estadios son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio (…) El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de Junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un sólo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman.

Así como la invención de Internet se le parece bastante a la “Biblioteca de Babel”, parecería ser que una vez más el viejo Borges algo sabía, porque con la ida de Riquelme, los hinchas de Boca tenemos una sensación de vacío, de que en el fútbol argentino se viene la nada, partidos de fútbol in-mirables, donde ya no hay más juego, ni pases de pelota entre compañeros, donde sólo queda la cáscara, el denominado “folklore”, como si se tratara de un envase donde adentro sólo hay aire.

Borges, en otro de sus cuentos, “Funes, el memorioso”, reflexiona sobre un improbable personaje, Ireneo Funes, de memoria absoluta, que no sólo recordaba cada hoja de cada árbol, de cada monte, sino cada una de las veces que las había percibido o imaginado.

El gran problema de Funes, su infelicidad, era su incapacidad para el olvido. Quien esto escribe, algo tendrá que olvidar, porque el mundo sigue andando, y por ahí hasta es positivo que los niños dediquen el tiempo a otros sueños y no se enganchen en un deporte rodeado de tanto negociado, tanta miseria humana.

Pero quédese tranquilo amigo Juan Román, que algo seguiré recordando, esta tristeza se niega al olvido, y por otro lado, la cosa no es sólo con usted, es un problema mucho más profundo, porque como decía Artaud, la batalla, la verdadera batalla, es entre los mantenedores de una humanidad digestiva, y el hombre de voluntad, de voluntad pura que avanza.